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Pesar de que no murió en el ataque de Francis Drake, el legendario pirata inglés, a su pequeño caserío de Riohacha en 1573, aquella mujer desde entonces padeció una serie infinita de pesadillas en las cuales veía como el atroz pirata penetraba con sus perros salvajes por la ventana de su habitación. Esta situación se hizo tan intolerable que su marido, un Aragonés de apellido Iguarán, trasladado a suelo colombiano, decidió abandonar su casa en la costa y adentrarse en las rancherías del interior. Allí, la familia Iguarán conoce a unos criollos cultivadores de tabaco de apellido Buendía, con las cuales, tras dos generaciones entran en parentesco con el matrimonio de un tataranieto del criollo y una tataranieta del aragonés.
Y esta costumbre de cruzar entre sí a los miembros de las dos familias se hizo tan persistente, que tiempo después surgió una tremenda predicción: a fuerza de mezclarse sin contemplaciones, llegaría el día en que un hijo de Iguarán con Buendía nacería con cola de cerdo. Tal premonición se hizo perentoria entre los miembros de la familia, hasta el punto de que, muchos años después de la primera unión, Úrsula, última descendiente de los Iguarán, casada con José Arcadio, vástago de los Buendía, se negó a mantener relaciones intimas con su marido por temor a parir una criatura con cola de cerdo.
La obstinación de la mujer fue tanta, que durante un tiempo el marido no pudo vencer sus prevenciones y se resignó a soportar el ominoso cinturón de castidad que Úrsula portaba como defensa ante sus posibles asechanzas. Pero tal situación pronto se hizo del dominio público y quiso la mala fortuna que en cierta ocasión, un compadre de José Arcadio, de nombre Prudencio Aguilar, se burlara públicamente de la situación de su amigo y llegar al extremo de poner en duda su virilidad. José Arcadio, ofendido en lo más profundo, arremetió contra Prudencio Aguilar y lo mató. De regreso a casa, el ofendido esposo amenazó con una lanza a su sorprendida mujer, y luego de contarle la tragedia que su obstinación había causado, entró en ella y la poseyó como una mujer, pese a todas las predicciones.
El peso de la muerte de Prudencio Aguilar persiguió hasta tal punto a los esposos, que un buen día, en compañía de unos cuantos amigos, abandonaron sus viviendas y se internaron en el bosque. Pronto encontraron una aldeúcha de no más de veinte casa construidas con barro y cañabrava a la orilla de un río de aguas cristalinas, y allí, en aquel lugar llamado Macondo, se detuvieron y plantaron sus reales.
El poblado floreció y Úrsula Iguarán dio a luz tres hijos, que nacieron sin la fatídica cola de marrano. Los esposos bautizaron a sus vástagos con los nombres, que habrían de volverse legendarios, de José Arcadio, Aurelio y Amaranta.
El pequeño poblado, absolutamente aislado del mundo exterior recibía, sin embargo, muy de vez en cuando, la visita de un grupo de gitanos acaudillados por un extraño personaje, mezcla de brujo y sabio, de nombre Melquíades. Y por intermedio de Melquíades, quien desde un primer momento trabó estrecha amistad con el viejo José Arcadio, los habitantes de Macondo conocen el hielo, el imán, el daguerrotipo y otras tantas maravillas. Y precisamente el mismo personaje, aprovechando sus secretos conocimientos adivinatorios, escribe unos enigmáticos textos en una lengua desconocida, en donde cifra toda la aventura de la familia Buendía y resume los hechos portentosos y trágicos de su destino.
Pronto los hijos crecen y dan muestras de su inalterable temperamento. José Arcadio, luego de un prolongado viaje, regresó hecho un gigante ruidoso, célebre por la dimensión de sus excesos. Conoció entonces, entre tantas mujeres que cruzaron por su camino, a dos especialmente importantes, con quien tuvo descendencia. Con Pilar Ternera, mujer del pueblo, franca y alegre, quien también mantenía relaciones con su hermano Aurelio, José Arcadio tuvo un hijo a quien llamó simplemente Arcadio, con el propósito de no enredarse en confusiones. Y con Rebeca, una prima lejana suya, que llegó a la casa paterna en los días de su ausencia, contrajo matrimonio y llevó una vida marital inesperadamente estable hasta el día de su muerte. A Úrsula Iguarán este enlace le disgustó profundamente, pues creyó llegado el momento de la atroz predicción. Pero tal cosa no sucedió. Rebeca no tuvo hijos con su esposo, y una vez enterada de su muerte, se encerró en su casa, regalo de Arcadio, el hijo bastardo de Pilar Ternera y no volvió a salir nunca.
Este Arcadio, único hijo del difunto José Arcadio, antes de ser fusilado por liberal, tuvo a su vez tres hijos en una mujer llamada Santa Sofía de la Piedad. Remedios, única mujer, y dos varones gemelos a quienes llamó José Arcadio Segundo y Aurelio Segundo. La belleza de Remedios pronto se convirtió en una verdadera leyenda. Tras ella, infinidad de hombres se jugaron inútilmente la vida, pues la muchacha simplemente no sentía afición alguna por ningún varón, y los requiebros y suspiros de sus pretendientes eran sandeces que la fastidiaban y sorprendían.
Luego de provocar inexorablemente, aunque sin intención, la muerte de todos sus desairados novios, Remedios la bella ascendió al cielo en la plenitud de su esplendor. Mientras tales cosas sucedían a su hermano y a sus descendientes, Aureliano, el hijo segundo de los viejos Úrsula y José Arcadio, obedeciendo a la melancólica naturaleza de su carácter y a cierto extraño empecinamiento, se enamoró de una niña impúber de nombre Remedios. Como la chiquilla en cuestión aún no se encontraba en edad de matrimonio, Aureliano soportó estoicamente los años que aún faltaban para su madurez, arrebatado por un amor enorme y conmovedor. Pronto la niña maduró lo suficiente y pudo corresponder a los anhelos de su pretendiente y contrajo matrimonio con él. Aureliano, sin embargo, a lo largo de todos estos años de espera y antes de conocer a su amada Remedios, había mantenido relaciones con Pilar Ternera, la misma que diera un hijo a su hermano, y en ella engendró a su vez a un varoncito a quien llamó José Aureliano.
Consumado el matrimonio con su jovencísima esposa, Aureliano Buendía conoció breves momentos de verdadera felicidad, que sin embargo fueron brutalmente aplastados cuando su esposa, atravesada por un mal embarazo, muere ante la impotencia de todos, a menos de un año de realizado el matrimonio. Tal desgarramiento produjo una inusitada transformación en Aureliano Buendía. Desde entonces, y al mando de un grupo de soldados harapientos y descuidados, se hizo llamar, hasta su muerte, coronel, y se dedicó durante veinte años a infructuosas campañas militares contra las fuerzas conservadoras.
Al cabo de tanto tiempo de batallas inútiles, durante el cual tuvo diecisiete hijos con mujeres diferentes, el coronel Aureliano Buendía decide firmar la paz y regresa a Macondo, en donde se dedica a la incansable confección de pescaditos de oro, que hace y deshace hasta su muerte.
Aureliano Segundo, hijo de Arcadio, bastardo de José Arcadio, crece a la sombra de la familia y casa con Fernanda, bella mujer, reina de Madagascar y emparentada con los duques de Alba, con quien tiene tres hijos: Meme, José Arcadio Tercero y Amaranta Úrsula. La compañía de su esposa no logra satisfacer plenamente al estrepitoso Aureliano, quien no tarda en encontrar compañía en una mujer poderosa y vivaracha llamada Petra Cotes. Aunque estas relaciones ponen en serio peligro al matrimonio con Fernanda, ella terminó por soportar las infidelidades de su marido, seducida por los obsequios de Petra Cotes.
A estas alturas, el otro hijo de Arcadio, el gemelo de Aureliano Segundo, llamado José Arcadio Segundo, fue nombrado capataz de una compañía bananera y su mala estrella lo condujo a presenciar en carne propia la espantosa matanza de trabajadores en huelga, que el ejercito fusilaba como reses en medio en medio de la plaza de Macondo. Único sobreviviente de la catástrofe, José Arcadio Segundo pasó el resto de su vida encerrado en una habitación en donde se guardaban varias docenas de bacinillas.
Después de una inclemente lluvia que azotó Macondo durante cuatro años, la fortuna y esplendor de todos sus habitantes se vino al suelo. Para entonces Meme, la hija de Fernanda, ha dado a luz a un bastardo a quien llama Aureliano Babilonia y a quien su abuela se obstinaba tercamente en ocultar. Solamente él y Amaranta Úrsula, la hija menor de Fernanda, sobrevivieron indemnes al desastre. Ya para entonces el patriarca José Arcadio ha muerto, atado a un árbol en la mitad de sus desvaríos, y cuando los esfuerzos de Aureliano Segundo en busca de la hipotética fortuna de la vieja Úrsula, derriban lo poco que queda de la casa, Amaranta, la virgen anciana, hermana de Aureliano y José Arcadio, se entrega a la muerte. El mismo Aureliano Buendía muere mientras orina, en la plenitud de su empecinamiento. Poco después Rebeca, la sobreviviente mujer de José Arcadio muere, lo mismo que José Arcadio Segundo y su gemelo Aureliano, así como la vieja Úrsula. Y en las ruinas de la vieja casa sólo sobreviven Fernanda, Aureliano Babilonia y Amaranta Úrsula, la última hija de Aureliano Segundo.
Pronto Fernanda sucumbe a sus delirios y se da a la tarea de escribir sus fantasías que poco antes de morir entrega al hijo José Arcadio Tercero, quien ha regresado derrotado de Roma, a donde el capricho de la abuela Úrsula, que había deseado convertirlo en papa, lo había confinado. Este José Arcadio Tercero, ruidoso y prosaico, corre con la fortuna de encontrar el tesoro de la abuela y lo dilapida en juergas con un grupo de chiquillos que lo acompañan y asisten en sus desórdenes. En cierta ocasión, sin embargo, el veleidoso anfitrión monta en cólera contra sus amigos y los expulsa de la casa. Y cuando su estado de ánimo lo induce a la reconciliación, los vengativos muchachos aprovechan la ocasión de una fiesta en la que el joven se ha embriagado y lo ahogan en una bañera.
Al final, Aureliano Babilonia, hijo de Meme, y Amaranta Úrsula, hermana de José Arcadio Tercero y de la misma Meme, quedan solos en la casa. Amaranta Úrsula, quien se había casado con un excéntrico belga, ha sido abandonada por aquél, que prefirió correr tras las huellas de un avión perdido a mantenerse al lado de su mujer. Entonces los dos jóvenes, que son en realidad tía y sobrino, aunque no lo saben, entran en contacto y el amor surge poderoso entre ellos. Aureliano Babilonia ha heredado las mejores características de su estirpe. Profundamente curioso, lee todo lo que cae en sus manos, y a su alcance los indescifrables manuscritos que el viejo gitano Melquíades, ha escrito cien años atrás.
El amor de Aureliano Babilonia y Amaranta Úrsula, profundo y bello como pocos, fructifica en un hijo, que ante la impotencia de sus padres, nace con la fatídica y pronosticada cola de puerco. Aureliano, en el colmo de la desdicha, no logra asistir a su mujer, que allí mismo fallece arrebatada por una imparable sangría. Aureliano entonces no encuentra más salida que abandonar la casa y hundirse en una borrachera de la cual lo rescata una antigua amante suya.
Al día siguiente, ya recuperada la cordura, recuerda al bebé abandonado a su suerte al lado del cadáver de su madre y regresa rápidamente. Pero cuando llega el espectáculo que encuentra lo sume en la desesperación. Aquel niño de la cola de cerdo ha muerto devorado por las hormigas y sus despojos le aterrorizan y repugnan.
Aureliano Babilonia, último vástago de la estirpe de los Buendía, acude febrilmente a los manuscritos de Melquíades, que había estado a punto de descifrar, y envuelto en una ventolera de pasadilla, va encontrando el sentido último de su raza, mientras el huracán desencadena su furia y borra apresuradamente todo vestigio de Macondo de la faz de la tierra. Comprende entonces Aureliano Babilonia su destino y a él se entrega.
El autor y su obra
La novela Cien años de soledad, compuesta por escritor colombiano Gabriel García Márquez, fue publicada por primera vez en el año de 1967, y desde su aparición marcó un hito fundamental en el desenvolvimiento histórico de las letras colombianas e hispanoamericanas. Gabriel García Márquez nació en la población de Aracataca, Magdalena, en el año de 1928, y fue galardonado, en reconocimiento a su extenso trabajo literario, con el Premio Nobel de literatura en el año de 1982.
Poseedor de un estilo de alta significación simbólica y poética, la obra garciamarquina en donde se distinguen títulos como La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mamá grande, El otoño del patriarca, El amor en los tiempos del cólera, El general en su laberinto, entre otras, encuentra su verdadera resolución en Cien años de soledad. El universo de Macondo con personajes y situaciones que habitan aquí y allá, en otras obras, se sintetiza en esta saga, desde la cual el artista reflexiona sobre los destinos históricos de su pueblo y sobre la realidad inasible y extraña que rodea a toda América Latina.
Formado como periodista y autor de varios guiones cinematográficos, García Márquez aporta a las letras universales una posibilidad expresiva de gran originalidad y poder poético. Las dimensiones de su fabulación, en lo cual lo mágico y lo real se interponen y confunden, encuentran vías de expresión en sus técnicas narrativas, heredadas, como tantas otras de autores latinoamericanos, de la novelística de Faulkner. Mediante un manejo prodigioso del tiempo y de la estructura compositiva que enfrenta al lector con una inmovilidad dinámica, García Márquez consigue elaborar un texto único y de indudable valor universal.
Tomado del libro de Rafael Méndez Bernal, "101 clásicos de la literatura universal resumidos"
